Por su estado fragmentario de conservación, los poemas (es un decir) sáficos, vistos en conjunto, son un antiguo yacimiento salpicado de piedras corrientes que llaman la atención del visitante con el raro encanto de lo que ha sucumbido a un terremoto temporal. Cerca de veintiocho siglos nos separan de su autora, además de una lengua, el griego antiguo, cuya belleza, como dice Juan Manuel Macías, uno de sus traductores, radica en que nunca se termina de aprender. Y, sin embargo, nadie diría que son extraños o indiferentes a nosotros. Todo lo contrario, nos alcanzan con una certeza que nos deja conmovidos, realmente sacudidos por una fuerza inesperada. El lector herido por sus dardos se preguntará con asombro: «¿quién es esta mujer que me interpela desde un mundo irreal, perdido e…
