Observo la fotografía de un pariente lejano ya fallecido. A la luz de una ventana tras la que nieva se ve un campesino. Con su boina, sentado ante una amortizada mesa de madera natural, roe con parsimonia un magro mendrugo de pan. Un vaso de cristal, medio lleno de agua, un plato de cerámica algo descascarillado y las paredes del fondo, limpias de cualquier cuadro o decoración. Eso es todo.
–Dios, mío, cuánta sobriedad! –respondió un amigo arquitecto al que le mostré hace un tiempo la misma imagen, tomada probablemente en el primer tercio del siglo XX, y por tanto en blanco y negro.
Llegué a conocer a aquel hombre. Le veía de niña en mis visitas al pueblo de donde un día salieron mis padres. Jubilado, humilde y callado,…
