Esta capacidad de imitar el movimiento de quien observamos se descubrió con una particularidad: como las neuronas espejo se localizan en el sistema límbico del cerebro (regulador de nuestras emociones, memoria, hambre e instintos sexuales) nos permiten también reconocer las sensaciones de los demás e imitarlas; es decir, vivirlas en propia piel.
Justo por ello, podemos sentir el dolor, alegría, rencor, angustia, miedo… ajenos: ocurre que “somos el espejo de los demás”, como dice Marco Iacoboni, neurocientífico de la Universidad de California y estudioso del tema. En este sentido, las neuronas espejo no solo han sido importantes para comprender nuestro proceso de aprendizaje del lenguaje y cómo conocemos el mundo que nos rodea, también son esenciales para nuestro proceso de socialización: “Podemos comprender los estados mentales de los demás simulándolos…