“Encadenaba un proyecto tras otro. cuando llegaban las críticas de uno, estaba ya con el siguiente. Era un mecanismo de defensa”. James Franco (Palo Alto, California, 1978) ya no es lo que era. Este 2017, por primera vez desde hace siete años, ha bajado el ritmo, asegura. Ya no es ese artista total sumido en un sorprendente e inaudito torbellino profesional en el que parecía obsesionado en acumular proyectos, trabajos y experimentos artísticos. Eso cuando no se matriculaba en uno, dos, tres, cuatro cursos de posgrado al mismo tiempo en Yale, la Universidad de Nueva York o la UCLA, y los compaginaba con cursos como docente. Ese frenesí creativo y académico es cosa del pasado, del antiguo James, dice. Quizá por eso solo aparezca acreditado (como actor, director, guionista, colaborador,…