Antonio Machado no fue un hombre de proclamas ni de trincheras ideológicas, pero en sus versos, en sus artículos y en su vida entera palpitó siempre una idea simple, poderosa y política: la compasión. No una compasión condescendiente ni sentimental, sino una mirada profunda, ética, radical hacia el sufrimiento ajeno. Si algún compromiso sostuvo el poeta sevillano fue con el dolor humano, con la fragilidad de los humildes, con esa España que caminaba — mal calzada y peor alimentada—por los campos de Castilla, con la cabeza gacha y el alma resignada.
No es casual que en sus poemas no haya héroes ni santos. Hay jornaleros, caminantes, campesinos agotados, maestros de escuela, funcionarios grises, mujeres que esperan. Hay hambre, hay polvo, hay silencio. Y hay también, siempre, una ternura contenida que…
