NO es tan fácil como antes entrar en casa de Ana. Llamas al timbre, te abre una muñeca de pelo rizado y ojos inmensos y, con una sonrisa traviesa, dice: «Bye, bye», y te cierra la puerta en las narices. Entonces, tienes que asomarte a la ventana, golpear el cristal con los nudillos, agacharte, levantarte de un brinco, escuchar sus carcajadas, volver a la puerta y empezar todo el proceso de nuevo. Son unos diez minutos a cero grados, en el porche de esta casa que conocemos bien, pero que, ahora, parece otra, toda iluminada con lucecitas blancas, ilusión, magia y alegría.
No siempre hubo tanta risa detrás de esta puerta. Hemos entrado muchas veces. Recordamos, con un inmenso amor, a Aless desde que, al principio, era tan pequeño como…