Asunción, que ha venido Pilar con unas amiguitas de Barcelona y les voy a dar una vuelta por Madrid, sí, sí, claro que iré a cenar”. Paco Rabal hablaba por teléfono, serio como un obispo, y las amiguitas –la que firma, su espectacular hermana y la fotógrafa– éramos ya provectas ancianas de treinta años que esperábamos anhelantes que aquel legendario vividor nos paseara por los tugurios más pecaminosos de Madrid. Nos llevó al Café Gijón como primera parada, y última, porque ya no nos movimos, prendadas de la magia de su voz y sus confidencias. “Dámaso Alonso me dejaba libros y me decía: ‘Cuidado, que los pobres siempre los mancháis de aceite”. “En la Cuesta del Zorzal mi madre me bañaba en un barreño, desnudo, a la vista de la…
