Me llamó muy de mañana. Me extrañó porque apenas lo conocía. Y más me extrañó cuando me soltó: “Querría hacerte una entrevista”. “¿Cuándo?”, le contesté. Dudó…“¿En media hora?”. Me atraganté con el café con leche. Ducha rápida, me lavé el flequillo, me maquillé, pantalones vaqueros, tacones… Apareció puntual, con la sonrisa entre el paréntesis de sus hoyuelos y al cabo de cinco minutos me hizo sentir como en casa. ¡Sí, estaba en casa, pero yo ya me entiendo! Era un chico normal hablando de cosas normales, de Madrid y Barcelona, del AVE, de viajes, Nueva York. Se me pasó el tiempo volando, llegó mi hijo y se estuvieron riendo de una película muy mala que habían visto ambos. Cuando se fue, mi hijo dijo asombrado: “¡Es como mis amigos!”. Y…
