La utilidad de los robots de compañía es innegable: vigilan a las personas mayores o dependientes, detectan caídas o situaciones anómalas, y avisan a familiares o servicios de emergencia. Son asistentes incansables que hasta acompañan con cierta calidez respondiendo a preguntas y estableciendo conversaciones fluidas. Pero, todo, artificial. Su existencia plantea una reflexión incómoda: ¿por qué recurrimos a máquinas para cuidar o hacer compañía a quienes más necesitan afecto humano? Su presencia alivia carencias reales pero también evidencia una sociedad que delega lo que antes era un gesto de atención, tiempo y cercanía. Como lo de prestar el móvil al niño para que nos deje tranquilos. Que si el trabajo, las prisas, el cansancio… Excusas que esconden un distanciamiento emocional. Además, cabe preguntarse de quién son las palabras que esos…
