En los últimos tiempos, a medida que vemos venir al lobo en forma de súper computadora que nos quite las lentejas, enarbolamos argumentos para intentar convencernos de que seguimos siendo superiores. Algunos ya son clásicos de conversación de barra de bar: “Sí, pero no razonan”. “Claro, pero no son capaces de tener emociones”. “Ya, pero a ver cuándo crean arte, como los humanos”.
Creo que, en esos mismos bares, agazapadas dentro de portátiles, smartphones y tablets, las máquinas se ríen para sí, conscientes de que antes o después serán las ganadoras. Y se felicitan entre ellas, muy corporativas, con cada uno de sus logros: “Chica, ¿Sabes lo de DeepMind, la IA de Google? ¡Dicen que puede aprender y razonar de forma autónoma!” “¡Qué dices, tía! Espera a que se lo…