Si hay una palabra que condensa la filosofía del descanso en la antigua Roma, esa es otium. Más que “ocio” en el sentido moderno, el otium era una actitud vital, un modo de organizar el tiempo fuera del ajetreo público, del foro, del mercado y de la arena política. Era, en contraposición al negotium (los asuntos del negocio, los deberes del Estado, el ruido de la vida activa), el espacio de recogimiento, de contemplación, de cultivo personal. No significaba holgazanería, sino todo lo contrario: un tiempo fértil, creativo, reservado a quienes ya habían cumplido sus obligaciones con la República o el Imperio.
El ideal del otium nace con la élite senatorial, pero atraviesa toda la cultura romana. Cicerón, Séneca, Plinio el Joven, Horacio o Virgilio es-criben sobre él con reverencia,…
