La Navidad que hoy reconocemos —con su belén en miniatura, su árbol lleno de luces, su repertorio de villancicos y ese olor inconfundible a mezcla de religiosidad, consumo y nostalgia—tiene mucho menos de “siempre” y mucho más de bricolaje histórico del que solemos admitir. No nació en una noche única ni en un concilio iluminado por el Espíritu Santo, sino en una suma de decisiones, modas, disputas teológicas, intereses comerciales y entusiasmos populares. Este reportaje reconstruye la genealogía de sus dos grandes símbolos visuales, el pesebre y el árbol, siguiendo el hilo que va del establo improvisado por Francisco de Asís a los salones burgueses del romanticismo alemán, pasando por Nápoles, Estrasburgo, Londres y Nueva York. En otras palabras: cómo Europa, durante siete siglos, se inventó su propio invierno.
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