Cuando hoy miramos un reloj de pulsera o programamos una reunión a las 16:30, damos por sentado que el tiempo es una realidad objetiva, una línea uniforme que se puede dividir, administrar, sincronizar. Pero no siempre fue así. El tiempo, como concepto social y cultural, es una invención humana. Medirlo, interpretarlo, estandarizarlo o imponerlo ha sido una de las más persistentes ambiciones del poder.
Durante milenios, las comunidades humanas vivieron regidas por ritmos naturales: el paso del sol, las fases lunares, el ciclo de las estaciones, el canto de los gallos. La caza, la siembra, los nacimientos y las muertes marcaban el ritmo. En las culturas preindustriales, el tiempo no era una línea, sino un círculo. El calendario agrícola estaba más cerca del rito que del cálculo. A menudo, cada…
