No recuerda qué consumió en aquel departamento neoyorquino: ¿ácido?, ¿hachís?, ¿marihuana a secas? Pero sí tiene presente hacia donde lo condujo. Cuando su conciencia comenzó a expandirse, la depresión en la que se encontraba sumergido desde hacía ya varios meses, dejó paso a una serenidad beatífica. De pronto, el departamento pareció trastocarse en un espacio cilíndrico, oscuro, largo, muy largo. En este túnel de sombras, un punto centellante de luz irrumpió ante sus ojos y, tras aquellas fibras luminosas, se erigió la figura de un Buda. La visión le otorgó la comprensión súbita de que a partir de entonces solo querría “estar tranquilo y pensar en Dios”.
Pero, dice, aún estaba muy lejos de sellar su unión con Dios a través del sacerdocio, incluso acercarse siquiera a alguna iglesia. “En…
