Nadie la llamaba aún la más grande, pero Rocío Jurado ya lo era. En Valencia, en 1982, donde ella y su hija fueron nombradas falleras en su semana más importante, me pidió: “Sube a la habitación, que me da mucha pereza salir con este frío”. Estuvimos toda la tarde en su lujosa suite, ella fumando y tendida en la cama con bata roja de seda y esparadrapos en los pies que le daba vergüenza enseñar en las fotos: “Es que tengo los dedos muy estropeados por los zapatos de tacón”. Bebíamos gin-tonic y me hablaba con alegría de su infancia de niña humilde, porque todo lo convertía en un festival de colores: “Desde pequeñita me ha gustado ser el alma de la fiesta. Le decía a mi abuela: ‘Yaya, apo’,…