Ni en un laboratorio la habrían diseñado más plena. Tailandia desprende sabiduría milenaria en sus templos. Furor en sus mercados. El artificio de una capital crepitante y el candor de un mar aún intacto.
En un rincón de la calle, a palmos del tráfico, la mujer cae en trance frente a suwok. Con un cuchillo que sobresale apenas entre sus dedos, rebana el tofu, las verduras y abre una brecha en un pelotón de langostinos en el minuto que tarda en humear el aceite. Después, a ese infiernillo que hace equilibrios sobre tres patas, va lanzando una sucesión de ingredientes de sabores antagónicos, como quien los arroja a un ring. Azúcar de caña, salsa de pescado, pasta de tamarindo, dos tipos de soja, chile, huevos, cacahuetes, fideos chinos de arroz……