El muchacho africano y su padre ascendieron por los escalones fríos del templo una hora antes del amanecer, mientras la luz procedente del este, más allá de las montañas distantes, tras la extensa bahía, se difuminaba por la ciudad. Solo tenía nueve años, pero había vivido allí toda su vida, y conocía cada calle y pasaje. Deambulaba a diario desde los hornos de alfarería hasta el barrio de los herreros, en los arrabales, junto a las murallas enormes, y después hacia la gigantesca plaza del mercado, a la sombra de la colina que llamaban Birsa, donde los comerciantes vendían puñales celtas, collares ambarinos del Báltico, plata española, huevos de avestruz pintados, del desierto meridional, dulces dátiles egipcios, especias de la India, el mejor incienso de Asia e incluso seda de…