En Madrid, a principios de los noventa, todo se celebraba, y Ana Obregón y Alessandro Lequio alquilaron el local de moda, Archy, para inaugurar el gimnasio que habían puesto en la calle Serrano. Estaba todo el mundo, en esa mezcla típica de aquellos años: faranduleros, putas y periodistas en confuso montón. Corrían las copas, pasabas la mano por los lavabos y te quedaba blanca, sonaba música de Madonna y todos nos sentíamos guapos, ricos y famosos. Los que más, la pareja de oro, Ana y Dado. Siempre me acuerdo de ellos dos esa noche como el epítome de la juventud, del glamur, de la alegría de vivir, como símbolo de una época. Ana reventaba de felicidad, llevaba un vestido negro, largo, con una raja casi hasta la cadera; la melena…
