En la Edad Media, el cuerpo no era simplemente una envoltura biológica, sino un territorio simbólico atravesado por doctrinas religiosas, miedos sociales, estructuras de poder y pulsiones contradictorias. Era el lugar donde se materializaban las grandes tensiones entre el alma y el pecado, la salvación y la carne, el orden divino y el caos humano. El cuerpo no pertenecía plenamente al individuo: era propiedad de Dios, y su destino —ya fuese la gloria del cielo o la condena eterna—dependía de cómo se lo usara o mortificara en vida.
Esta visión impregnaba todas las esferas: desde la teología hasta el derecho, desde la medicina hasta la moda, desde la arquitectura de los conventos hasta los castigos públicos. Se trataba de un cuerpo vigilado, clasificado, adoctrinado, redimido o excluido. El cuerpo del…
