El útero materno es un paraíso para el bebé: allí se siente protegido las 24 horas del día, tiene cubiertas sus necesidades de comida y sueño (también hace pipí cuando quiere), es mecido continuamente por el líquido amniótico, no tiene frío ni calor, los ruidos le llegan amortiguados, no hay luces intensas que lo deslumbren... ¡Es tremendamente feliz!
Sin embargo, esta situación cambia cuando le llega el momento de nacer. Al salir de su “burbuja protectora”, se adentra en un mundo desconocido donde se siente desubicado, extraño, temeroso; donde vive situaciones que le resultan desconcertantes: cambios inesperados de posturas, sonidos, luces, hambre, sed, frío, calor... ¡Menos mal que mamá y papá están ahí para recibirlo! Escuchar sus voces conocidas, acurrucarse en sus brazos y ver sus miradas de amor lo…