Don Gerardo entró en el aula el primer día de clase. Era un tipo achaparrado y de gesto ceñudo, y los alumnos, todos ellos de entre nueve y diez años, se sintieron intimidados cuando se paró frente a ellos y se dedicó a observarles hasta que el murmullo cesó y no se oía ni una mosca. Mucho más cuando abrió la boca y preguntó: ¿Tienen ustedes un duro? Nadie entendió nada y Don Gerardo lo repitió, ya con media sonrisa, consciente del desconcierto. Los chicos buscaron en sus bolsillos mientras él se paseaba entre las mesas, y entonces, algunos comenzaron a sudar. A quien no tenía, le prestaron, y al cabo de diez minutos, todos habían puesto una moneda sobre el pupitre. Cuando volvió a su mesa, les miró orgulloso…
