HA sido una de las pocas veces, por no decir la única, en que hemos podido escucharla después del aciago agosto que tiñó de negro su vida. Porque Cari Lapique se ha refugiado en el trabajo y ha estado al abrigo de sus amigas más cercanas, su hermana, su hija, sus nietos… Para, conscientemente o no, tener, por un lado, la cabeza ocupada con mil cosas, las rutinarias, las ordinarias, y por otra, poner tiritas a su corazón. Esas que llegan con las sonrisas de sus nietos, el café y la charla con las íntimas, o el abrazo y un «mamá, ¿cómo estás?», de su hija Carla. Pero aunque ella intente retomar los hábitos normales cuando la normalidad es imposible, ahí estamos los periodistas para hablar de primeras veces cuando…
