ERA el alma de la fiesta. Y lo fue durante décadas. De disfraces, de etiqueta, multitudinarias, lujosas, cosmopolitas, con fines solidarios o sin un porqué, pero, todas, bajo un único propósito: pasarlo bien. Con su inseparable, amada y por siempre «ex», Gunilla von Bismarck, Luis Ortiz fue el icono de una época y de una ciudad que, en aquel entonces, era sinónimo de descorche de botellas. Marbella se vestía de oropel dorado y las iniciales de este «bon vivant», una veces cantante y otras empresario, guardaban un sitio presidencial en mesas donde Deborah Kerr, Sean Connery, la princesa Soraya y Adnán Kassoghi brindaban con champán o rebujito. La pasada semana se apagaba la luz del que fuera faro de la llamada «jet set». Ortiz tenía 74 años y era víctima…