En esta región prima la autenticidad sin artificios de vestigios romanos y medievales, acantilados que se recortan sobre aguas turquesas, pueblos encimados, fuentes cantarinas y canteras de ocres vibrantes. Todo ello se entrelaza en verano con mercados rebosantes de frutas, embutidos y quesos, y un gran mar de lavanda que alfombra los campos de malva, azul, lila y violeta.
Ajena al paso del reloj, la Provenza se entrega a su propio ritmo, bañada por una luz que al mediodía inunda de resplandor las fachadas de tonos claros y que al atardecer suaviza contornos y rutinas. Decía Camille Claudel que esta luz esculpe la piedra y también el alma. ¡Hasta a la gastronomía provenzal se la conoce como la cocina del sol! No es casual, pues, que pintores como Van Gogh,…