La historia está llena de episodios fascinantes que capturan y estimulan nuestra imaginación —guerras, desastres naturales, historias de amor, de venganza, revoluciones y guerras civiles, intrigas políticas—, no obstante, en ese océano de hechos y narraciones, de mitos y mentiras, de verdades a medias, contadas una y otra vez para dar algo de sentido y trascendencia a nuestras vidas, pocas, muy pocas, ocupan un lugar tan especial como la caída de Constantinopla en 1453.
Algo hay detrás de ese momento, apenas 55 días, que nos obliga a colocar una señal en el tiempo, a declarar el final de una era y el comienzo de algo completamente distinto, que aún hoy, seis siglos después, nos marca profundamente. De esos 55 días —de su significado simbólico— se ha ido alimentando nuestra idea…